Homilía del padre Jorge Catasús Fernández, en la Misa del 6 de diciembre de 2015 en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Caridad
Texto de archivo publicado el 16 de diciembre de 2015 en la sección «Noticias de Santiago de Cuba».
Queridos peregrinos, estimada Olga Tañón, familiares y amigos puertorriqueños y cubanos que le acompañan.
Nos congregamos en este Santuario Basílica de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, para celebrar la Eucaristía en este segundo domingo de Adviento, tiempo de gozosa espera que nos prepara cada año a la celebración de la Navidad, fiesta que rememora la entrada en nuestra historia de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios.
Este templo, que es Casa de todos los cubanos, alberga una pequeña imagen de la Virgen María que fue hallada por dos indios y un negro esclavo en las aguas de la oriental Bahía de Nipe y era portadora de su identidad: “Yo soy la Virgen de la Caridad”. Ella ha acompañado a los cubanos en su transitar por la historia, en sus penas y alegrías, en sus logros y fracasos, en sus amores y esperanzas, durante más de cuatro siglos. “La patria cubana –expresó el Papa Francisco en este mismo lugar el pasado 22 de septiembre- nació y creció al calor de la devoción a la Virgen de la Caridad”. Por ello fue declarada Patrona de Cuba. En suimagen, la Virgen sostiene en su brazo izquierdo a su Divino Niño y en el derecho sostiene una pequeña Cruz.
Sé que la imagen original de Nuestra Señora de la Divina Providencia, nombre con el que se venera a la Virgen en tierra borinqueña, como Patrona, fue traída a la isla por el obispo catalán Gil Estévez y Tomás y presenta a María inclinada sobre el Niño que, en total actitud de confianza, duerme plácidamente en su regazo. Las manos de la Virgen se unen en oración mientras sostiene suavemente la mano izquierda del Divino infante.
Desde aquella jornada, en Caná de Galilea, hace más de dos mil años, en que María y su Hijo fueron invitados a una fiesta de bodas, la Virgen no tiene otra misión que presentarnos a Jesús y repetirnos, una y otra vez: “Hagan lo que Él les diga”.
Sí, hermanos, todo aquél que se atreve a elevar una plegaria implorando su amorosa intercesión ante su Hijo, no debería hacerlo si no está dispuesto a dejarse interpelar por su invitación, imperativa y tierna a la vez, a seguir tras los pasos de Jesús.
Precisamente, en el Evangelio que acabo de proclamar, Juan Bautista exhortaba a los que se le acercaban para ser bautizados a preparar los caminos al Señor. Esa es también la exhortación que nos hace hoy para disponernos a celebrar dignamente la Navidad que se acerca.
¿Por qué –podríamos preguntarnos- cada año el natalicio de este Niño convoca y une a millones de hombres y mujeres de todo elmundo? Resulta inconcebible que se trate de un Niño que nació hace más de veinte siglos, en un pesebre, el lugar menos digno para un ser humano, cuya vida transcurrió, durante treinta años, en la carpintería de un pueblo sin importancia del que se decía que nada bueno podía salir de él, que después que consumó sus tres últimos años en esta tierra, predicando la llegada del Reino de Dios, acreditándose con signos que ponían de manifiesto su poder, utilizado siempre a favor de los más pobres y marginados, culminó su existencia terrena en un soberano fracaso: negado, traicionado o abandonado por sus seguidores, crucificado entre malhechores, sin ser capaz de utilizar ese poder para librarse de tanto escarnio. Bien sabemos, los que nos decimos sus discípulos, que a los tres días de su muerte, volvió a la vida, resucitó, abriendo horizontes de Vida y Esperanza para los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. Es esto lo que explica que estemos aquí esta tarde aclamando su Nombre con inmensa alegría, en esta Casa matriz.
Ninguno de los importantes personajes que se han mencionado al comienzo del Evangelio de hoy: César Tiberio, Poncio Pilato, Herodes, Filipo, Anás y Caifás,… son recordados en la actualidad, tendríamos que acudir a enciclopedias o libros de historia. Ninguno de ellos ha sido capaz de suscitar en el corazón de ningún hombre o mujer los más nobles sentimientos, actitudes y acciones, ninguno de ellos ha podido engendrar un ápice de esperanza en el futuro cuando todo parece perdido.
Ha sido Aquél que nació en cueva de animales, perfumado con estiércol y arropado por unos pobres padres, María y José, el que hizo irrupción en la historia de la humanidad, transformándola desde dentro en historia de Salvación.
Él es el único Rey que cuando le entregamos el corazón haciéndonos sus vasallos incondicionales, lo que hace no es servirse de nosotros sino potenciar lo mejor que somos y tenemos y nos hace igual a Él, en dignidad y plenitud de Vida y Amor. Nosotros, atraídos tantas veces por honores y grandezas, tan dados a buscar aplausos y reconocimientos humanos, nos cuesta mucho conciliar majestad y pobreza, grandeza y humildad, todopoder y todoternura.
El misterio de la Navidad no es una realidad virtual, es una realidad que nos desborda, que no podemos aprehender del todo, como no podemos percibir con nuestros ojos limitados toda la luz con que brilla el sol. Por eso necesitamos de esos seres imprescindibles que son capaces de ayudarnos a acercar más el misterio y contemplarlo más íntimamente: los poetas. Ellos han recibido el don de apresar con palabras, y algunos también con los sonidos, las realidades más hermosas y decisivas de la vida.
Quisiera, para concluir, regalarles, hermanos boricuas, el texto de una de esos poemas que, musicalizados se cantan en este tiempo, en las fiestas navideñas: los villancicos.
El compositor es el gran maestro de la Capilla de música de nuestra Catedral de Santiago de Cuba, Esteban Salas (1725-1803), sacerdote ejemplar, que durante casi cuarenta años, colmó con sus obras las celebraciones litúrgicas de ese templo mayor y es considerado “Padre de la música cubana”.
“Tu mi Dios entre pajas” es el título de este villancico que nos revela la insondable grandeza y belleza del misterio de la Navidad:
¡Tú mi Dios entre pajas, tú entre brutos!
¡Tú pobre, tú desnudo, tú heladito!
¡Tanto ocultar, Señor, tus atributos!
¡Reducir a tan poco lo infinito!
¿Es ello majestad? ¿ser Dios es eso?
¡Ay mi bien! Que es amarme con exceso
Y como en todo Sumo, es tu cariño
Más rico y grande cuando pobre y Niño.
La cuna en que se humilla,
de tu Deidad el Sol
esfera es en que brilla
el fuego de tu amor.
¡Jesús! ¡Jesús qué llama!
Qué ardiente resplandor
en él se enciende el alma
se enciende el corazón.
Hermanas y hermanos, pasado mañana, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, el papa Francisco inaugurará en Roma un Año Extraordinario de la Misericordia. “Un Año Santo para vivir en la vida de cada día la misericordia que desde siempre el Padre dispensa hacia nosotros. En este Jubileo dejémonos sorprender por Dios. El nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida. La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios. Su vida es auténtica y creíble cuando con convicción hace de la misericordia su anuncio. Ella sabe que su primera tarea, sobre todo en un momento como el nuestro, llenos de grandes esperanzas y fuertes contradicciones es la de introducir a todos en el misterio de la misericordia de Dios, contemplando el rostro de Cristo. La Iglesia está llamada a ser el primer testigo veraz de la misericordia, profesándola y viviéndola como el centro de la revelación de Jesucristo”.