Habla, Señor
Texto de archivo publicado el 8 de junio de 2016 en la sección «Otras diócesis y temas».
XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)
P. Héctor Amado Arrúa SVD.
PRIMERA LECTURA: 2 Samuel 12,7-10.13
"Un corazón humillado y quebrantado el Señor no lo desprecia" (Salmo 51,19)
Algunas biblias titulan a este pasaje: "Reproche de Natán y arrepentimiento de David", y, por lo que leemos en él, está bien titulado. Sin embargo, lo más profundo y consolador del texto es la misericordia de Dios, que a pesar de todos los pesares, siempre sale a nuestro encuentro para hacernos tomar conciencia y movernos al arrepentimiento de nuestros pecados, sobre todo, para perdonarnos. Prueba de esto es la introducción del hermoso y sentido salmo "Misericordia" 51(50), en ella leemos: "Del maestro de coro. Salmo de David. Cuando el profeta Natán lo visitó después de haberse unido a Betsabé".
El relato empieza con una parábola contada por Natán (2 Sam. 12,1-6), para llevar al Rey reflexionar y tomar una postura al respecto. David, era un hombre que tenía "grabado a fuego" el sentido de justicia, por eso se enfurece con ese supuesto criminal de la parábola y "pone el grito en el cielo": "el que hizo tal cosa merece la muerte, y pagará cuatro veces más el valor de la oveja por haber hecho esto y actuado sin piedad". Las palabras de Natán no se hacen esperar: "ése eres tú"; inmediatamente, le recuerda todas las bondades de Dios para con él, y valiéndose de una pregunta vuelve a apelar a su conciencia "¿Por qué menospreciaste a Dios haciendo lo que le parece mal?".
David, era un hombre que tenía su corazón abierto a Dios, por eso al sentirse acusado, reconoce su pecado y pide perdón. He aquí lo más hermoso del relato: "También Dios ha perdonado tu pecado: no morirás".
Dios sabe de qué "pasta" estamos hechos, sabe que aunque el espíritu humano esté dispuesto para el bien, la carne es débil y no pocas veces nos pasa lo de san Pablo: no hacemos el bien que deseamos, sino el mal que no queremos; por eso viene a nuestro encuentro, nos cuestiona, nos escucha, nos comprende y nos perdona.
SEGUNDA LECTURA: Gálatas 2,16.19-21
Después de hablar de su vida y conversión, tal como meditábamos el domingo pasado, Pablo se dedica a exponer el Evangelio que anuncia a las comunidades. Con una claridad meridiana explica de qué modo Dios salva a la humanidad. La Buena Noticia que Él anuncia tiene un alcance universal y pone fin a las fronteras entre pueblos y religiones, es la Buena Nueva de Jesús que hermana a todos -judíos y paganos- haciendo de ellos una sola familia.
Pablo va a dar por tierra la convicción judía de que ellos eran superiores desde el punto de vista religioso a los demás pueblos, porque sencillamente los pueblos paganos no conocían la Ley de Moisés, y como tal, no podían cumplirla. Frente a esta actitud culturalmente ingenua o prepotente, dirá: Que ahora todos están en igualdad de condiciones, porque la salvación es un don, un regalo que Dios hace a la humanidad no gracias a la realización de las obras que la Ley exige, sino por medio de la fe en Cristo y, a esta fe, a esta adhesión personal con Jesús todos tienen acceso, judíos y paganos.
Esta fuerte llamada de atención, que el Apóstol hace a la comunidad cristiana "judaizante", debe hacernos meditar seriamente ¿Qué sentimientos tenemos? ¿Cuáles son nuestros comentarios? ¿Cuáles son nuestras actitudes frente a los hermanos a quienes, por distintos motivos, los consideramos diferentes a nosotros y hoy se acercan a participar de la gracia que Dios nos ofrece a todos en la vida y misión de la Iglesia?
EVANGELIO: Lucas 7,36-8,3
Jesús se deja acoger por un fariseo, se sienta a su mesa y come con él; en esta actitud del Señor queda plasmado su primer gesto de comunión y compasión. Los fariseos, como bien sabemos, eran un grupo que presumía superioridad religiosa frente a los demás judíos; esta superioridad, que muchas veces les dotaba de una "ingenua" arrogancia, les venía de su estricto complimiento de la Ley -recodemos el pasaje del fariseo y el publicano (Lc. 18,9-14)-. A este hombre que pertenece a un grupo que se autodenominaba "separados", Jesús le ofrece la posibilidad de comunión: acepta su invitación, se sienta a su mesa y come con él.
En esta mesa de "acogida" brindada por Simón y de comunión ofrecida por Jesús, se da esta historia. Entra en escena una mujer, que por el solo hecho de ser mujer no debía estar allí; para colmo, ésta era de una reputación censurable, nada digna de ser acogida, y mucho menos de estar en comunión con ella. Lucas, el "pintor" del tercer Evangelio, plasma la escena llena de pasión, desazón y compasión.
Ahondemos en estas tres últimas palabras, que por cierto no son meras palabras, sino actitudes que revelan lo que abunda en el corazón de cada una de estas personas.
Pasión: como sabemos, esta palabra la podemos comprender en una doble acepción: por un lado expresa padecimiento, dolor; por otro los afecto y entrega en plenitud a otra persona; en la pasión de esta mujer se dan ambos aspectos. Siente pasión por todo lo que ha sufrido a lo largo de su historia, una vida de pecado que la, marginaba, la despersonalizaba, y si algo faltaba, la convertía en objeto de todos los reproches y repudios posible. Padece porque en su vida no supo amar, no conoció ni tuvo la oportunidad de gustar el amor; por eso llora, y llora amargamente. Pero por sobre todo, esta mujer siente pasión por un Hombre que de ahí en adelante cambia el rumbo de su vida. A la que todos marginaban, Jesús la coloca en el centro. A la que su modo de vida la había despersonalizado, Jesús le hace ver que la dignidad de ser hija de Dios, nada ni nadie se la puede quitar. A la que todos repudiaban, Jesús la pone como ejemplo. A la que en su vida no supo amar ni ser amada, Jesús se le revela como el amor de su vida; Amor que perdona, Amor que reconcilia y hermana, y por sobre todo Amor que sana y que salva, es por eso que esta mujer apasionada se deshace en besos y lo unge como rey y Señor.
Desazón: por lo que se percibe en el relato Simón no era una mala persona, no sólo tuvo la delicadeza de invitar a Jesús, también supo guardar discreción frente a la mujer -no la acusó, ni la puso en ridículo-; pero era fariseo de "raza" y como tal estaba cegado por la Ley. Él no podía concebir que un profeta, que conoce los corazones y pensamiento de la gente no supiera quién era ella, si sólo bastaba ser alguien que "caminara el pueblo" para saber quién era esa mujer. Por otra parte, si sabía de quien se trataba, cómo podía aceptar semejante gesto de atención y de cariño de alguien que por su conducta era abominable para Dios (Dt. 23,18-19).
Compasión: Poco antes Jesús había mandado a ser compasivos como el Padre, a no juzgar, a perdonar (Lc. 6,36-37); ahora, con un hecho concreto, muestra qué significa tener compasión y saber perdonar. Muestra compasión con Simón, no juzgándolo, sino enseñándole que no basta con invitar a la mesa, sino que es necesario tener gestos de acogida y sentirse en comunión. Es compasivo con la mujer acogiendo su dolor, reconociendo en sus gestos de cariño su gratitud por sentirse comprendida y amada, perdonándola de todos sus pecados, y devolviéndole la paz interior; le hace ver que la fe la conduce por el camino de la salvación.