Mensaje de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, Obispo de la Iglesia Católica de Guantánamo-Baracoa, con motivo de la Semana Santa 2016
Texto de archivo publicado el 17 de marzo de 2016 en la sección «Otras diócesis y temas».

(Canto: EN LA CRUZ MURIÓ EL HOMBRE UN DÍA, del P. Jorge Catasús)
Diócesis de Guantánamo-Baracoa, Guantánamo, 17 de marzo de 2016:Queridos hijos e hijas y, especialmente, queridos campesinos de nuestras montañas:
¡Qué bueno poder hablarles cuando estamos a punto de comenzar unos días especiales! Dios mediante, la semana próxima será Semana Santa, semana en la que cada uno de sus días, además de su nombre propio, tendrá un apellido. El lunes que viene no será un lunes más en el año, sino el lunes santo; y el martes será martes santo, y el viernes no será un viernes cualquiera, sino el viernes santo. Y así cada día de esta gran Semana que es llamada “Santa” porque en ella recordamos, revivimos, volvemos a celebrar los grandes y últimos acontecimientos en la vida de Jesucristo: su dolorosa pasión, su cruel muerte en la cruz y su gloriosa resurrección.
La Semana Santa comienza el Domingo de Ramos. Ese día, con la Biblia en la mano, recordaremos la entrada de Jesús en la ciudad de Jerusalén. El pueblo lo aclamó como Rey. Su aclamación era: “Bendito el que viene en nombre del Señor” (Jn. 12, 13). Y saludaban a Jesucristo agitando con sus manos ramas de árboles. Ese día se bendecirán hojas de nuestra palma real que llevaremos a nuestras casas como señal de que nos hemos comprometido con Jesucristo.
El Lunes, Martes y Miércoles Santos son tres días magníficos para la reflexión y para dedicarnos, como nos ha pedido el Papa Francisco en este año, a hacer obras de misericordia como consolar a los tristes, visitar a los enfermos, ayudar a los necesitados, aconsejar al que lo necesita… También para pedir perdón a Dios por el bien que no hicimos y por los pecados cometidos con nuestros pensamientos, palabras y obras.
El Jueves Santo la Iglesia recordará el triple regalo que nos hizo Jesucristo en la víspera del día de su muerte. En medio de una comida que él deseó ardientemente compartir con sus doce apóstoles instituyó el Sacramento de la Eucaristía o Comunión: su Cuerpo y su Sangre bajo las apariencias de un sencillo pedazo de pan y un poco de vino. Además, nos regaló a los sacerdotes porque en una noche como ésa pidió a sus apóstoles repetir en lo adelante lo mismo que él acababa de hacer. Y eso hemos continuado haciéndolo los sacerdotes en cada rinconcito del mundo cada vez que celebramos la Misa. Y todavía le quedaba a Jesucristo un regalo más que ofrecer esa noche: un mandamiento que él mismo llamó “nuevo”, a saber:“Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn. 13, 34). El mandamiento del amor hasta el extremo. Un buen cristiano tiene que amar sin límites a todos, amigos y enemigos, a conocidos y a extraños.
Por su parte, el viernes próximo será el Viernes Santo, día en que la Iglesia estará de luto por la muerte de su Señor. Jesucristo, clavado en la cruz con sus brazos extendidos nos está indicando a todos de qué tamaño nos ha querido Dios. Como sabemos, Jesucristo, minutos antes de morir, perdonó a quienes lo mataban e incluso rezó por ellos diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 34). Los cristianos, a ejemplo de Jesucristo, tenemos que perdonar a quienes nos hayan ofendido. Y eso no es fácil. Lo fácil es vengarse, odiar, pasar la cuenta, guardar rencor, desquitarse, pagar con la misma moneda, devolver ojo por ojo y diente por diente, tomar represalias… Perdonar las ofensas es, precisamente, una de las obras de misericordia que el Papa Francisco nos ha pedido practicar a menudo en este Año de la Misericordia.
¡Cuánto nos cuesta perdonar! Dice la Biblia que un día, Pedro, el jefe de los doce apóstoles, le preguntó a Jesucristo: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” (Mt. 18, 21). Ciertamente Pedro fue generoso en su planteamiento porque la ley de los judíos enseñaba a perdonar “hasta tres veces” las ofensas, y él le propone al Señor hacerlo hasta siete veces. Supongo que, por la pregunta que hace, el apóstol debía sentirse muy ofendido y molesto con las repetidas ofensas de un familiar o de alguien conocido. Su paciencia y su misericordia se estaban agotando. Y, al responderle, Jesucristo parece jugar con las matemáticas de Pedro: “No te digo que perdones solo siete veces, sino setenta veces siete” (Mt. 18, 22), lo que, en otras palabras significa ¡siempre! Por eso no es fácil ser buen cristiano.
Yo no estoy seguro si a todos los cubanos nuestras familias nos han enseñado a perdonar a los que nos ofendan y a pedir perdón a los que hemos ofendido. Por eso quisiera invitarlos a que, si no lo han hecho todavía, aprovechen esta Semana Santa para perdonar o para pedir perdón.Perdonar a quien nos haya ofendido no significa aprobar el mal que nos hizo o estar de acuerdo en todo lo que nos dijo. Perdonar tampoco impide reclamar nuestros derechos, exige solamente que lo hagamos sin odio. Puede que no se nos quite de la mente la ofensa que nos hicieron, pero si perdonamos sinceramente, recordaremos lo sucedido sin amarguras, sin dolor, sin resentimientos, sin rencores y sin la herida abierta.
Perdonar es haber sacado de nuestra alma el rencor que quedó en nosotros luego de la ofensa recibida, es apagar un invisible motor que de manera muy lenta, pero a todas horas, da vueltas a nuestros malos pensamientos y resentimientos contra alguien. Perdonar, como han dicho bellamente escritores y poetas, es imitar al árbol del sándalo cuya madera es de un excelente olor y “perfuma el hacha que lo hiere”, o ser como la pequeña flor de la violeta “que derrama su fragancia precisamente cuando se levanta el zapato que la aplastó”. Perdonar es cumplir sinceramente con lo que decimos cada vez que rezamos el Padrenuestro: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt. 6, 12). Perdonar es luchar con la fuerza del amor que construye y no con la fuerza del odio que destruye.
Aprovechen, pues, este Viernes Santo para pedirle a Dios la curación de su memoria enferma, que todavía no logra olvidar las ofensas que les hicieron ayer o hace muchos años. La Madre Teresa de Calcuta aconsejaba: “Perdona, que perdonando tendrás paz en tu alma y la tendrá el que te ofendió”. También de un gran sacerdote es este consejo: “Si quieres ser feliz un instante, véngate. Si quieres ser feliz toda la vida, perdona”. Nuestro Dios, “rico en misericordia” (Ef. 2, 4), no demorará en ayudarlos a que perdonen sinceramente y cicatricen sus heridas.
Cristo crucificado los invita, además, a que se llenen de valor y pidan perdón a quien ustedes ofendieron. No nos rebajamos cuando pedimos perdón a alguien, más bien ese gesto nos engrandece. Saber pedir perdón es ganarle la guerra a nuestro orgullo. Pedir perdón por una mala acción nuestra es la gran oportunidad de demostrar nuestra humildad, nuestra sinceridad y nuestra honestidad. Pedir perdón es aceptar que cometimos un error, que le hicimos daño a alguien, que le quitamos la alegría a alguien, que causamos daño a alguien, que fuimos injustos con alguien. ¡Pídanle a nuestro buen Dios que los ayude a acercarse a quien ofendieron y pedirle su perdón!
Y después de la espera confiada del Sábado Santo junto al sepulcro del Señor, llegael Domingo de Resurrección: la fiesta cristiana mayor de todo el año. Celebraremos la victoria de Jesucristo sobre el poder de la muerte. Cristo está vivo y la muerte ha sido vencida. No hay motivos para estar tristes. Jesús ha sido el primero y se ha ido a prepararnos un lugar. Jesucristo es el motivo para nuestra alegre esperanza. Por eso quiero invitarlos a que escuchenahora este canto en el que oirán al propio Jesucristo decirles NADIE TE AMA COMO YO. Él les asegura que ha esperado por ustedes hace mucho tiempo. Él sabe lo que cada uno de ustedes ha llorado, ha sufrido y necesita. Con su corazón óiganlo decirles: MIRA LA CRUZ, FUE POR TI, FUE PORQUE TE AMO, PORQUE NADIE TE AMA COMO YO.
(Canto: NADIE TE AMA COMO YO, de Martín Valverde)
Queridos hijos e hijas: ¡Jesucristo Resucitado no se va a cansar nunca de tocar a sus corazones! Porque quiere cambiarlos desde dentro, para que la cosa no quede en fachada… Porque quiere decirles que a él no le importa el mal que ustedes hayan hecho, sino lo bueno que estén dispuestos a hacer ahora… Porque quiere animarlos y convencerlos que fuera de él no hay salvación. Que otro como él no hay. Que él es el único que tiene palabras de vida eterna. Y que es el amigo que nunca les va a fallar.
Ciertamente, para convertirse a Jesucristo basta solo un segundo, aquel en que cada uno tome lo que Santa Teresa llamó, una “determinada determinación”, que podría ser: “Yo no quiero seguir igual a como estoy”;“yo quiero acercarme a Dios”;“yo quiero aprender más sobre Dios”;“yo quiero bautizarme”;“yo quiero resucitar con él”.
Rezo para que Dios les ayude a tomar esa “determinada determinación” en esta Semana Santa.
Quiera Dios que todos terminemos la Semana Santa con un corazón nuevo, como el de Dios, que es “compasivo y misericordioso”. Que sepamos decir no al pecado, no a la vida sin Dios, no a nuestros egoísmos, no a las envidias e incomprensiones, no a los chismes y calumnias, y sí al amor a Dios y a los demás, sí al compartir, sí a la fraternidad, sí al diálogo, sí al respeto a las opiniones de los demás, sí a la ayuda al necesitado, sí a tender puentes en vez de levantar muros.
Aprovecho la ocasión para decirles que, si Dios quiere,en los próximos meses, seguiremos peregrinando todos los viernes al Santuario de la Virgen de la Caridad en El Cobre. Ya hemos ido durante 62 viernes con un total de 3,680 personas. Si no han ido todavía y desean ir, pueden reservar su asiento en el Obispado de la calle Paseo.
Termino dándoles la bendición de Dios especialmente para los enfermos y necesitados; los niños; los matrimonios en dificultad; los discapacitados; los que se sienten solos; los presos y los que sufren; los que no le encuentran sentido a sus vidas; los que se han alejado de la fe; los cubanos que trabajan o viven en otros países, y los que no encuentran fuerzas para abandonar su vida de pecado y regresar a la vida con Dios. Que esta bendición sea igualmente una palabra de bien para los hermanos de otras religiones o los que no tienen ninguna.
Los invito a rezar diciendo “AMÉN” después de cada invocación:
Que nuestro Dios, rico en misericordia, esté siempre a su lado para defenderlos de cualquier mal. AMÉN
Que Él vaya delante de ustedes para guiarlos y detrás de ustedes para cuidarlos. AMÉN
Que Él vele por ustedes y los sostenga. AMÉN. (Y ahora los invito a hacer la señal de la cruz sobre sus cuerpos)
Que la bendición de Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes, y los acompañe hoy, durante esta Semana Santa, y siempre. AMÉN
(Canto: ALELUYA, EL SEÑOR RESUCITÓ, del grupo Imagen)