Nuevos tiempos

3 de junio de 2016

Texto de archivo publicado el 3 de junio de 2016 en la sección «Noticias de Santiago de Cuba».

P. Jorge Catasús Fernández

Arquidiócesis de Santiago de Cuba, 2 de junio de 2016:Mi Iglesia de Santa Lucía, en Santiago de Cuba, dista apenas unos 120 metros del Conservatorio Esteban Salas. Cuando salgo en esa dirección y camino apenas unos pasos, algunas veces puedo escuchar los sonidos de instrumentos, cada uno por su lado, anárquicamente, otras, en armonía; entonces suelo distinguir: está tocando la orquesta o es la banda. Si tengo tiempo, suelo detenerme para escuchar y recordar, complacido y nostálgico, mi época en esa, mi querida escuela de música, donde estudié cinco décadas atrás y de la que guardo recuerdos entrañablemente hermosos.

La mañana del lunes 23 de mayo grande fue mi sorpresa al escuchar un tema clásico norteamericano interpretado con una energía sorprendente. Al llegar me di cuenta que la banda del Conservatorio estaba reforzada por más de una docena de jovencitos en las distintas cuerdas: saxofones, clarinetes, flautas, trombones, trompetas, tubas e instrumentos de percusión. Indagué con mis amigas profesoras y me dijeron que eran estudiantes de un highschool de New Orleans, que comenzaban un encuentro, por una semana, con los alumnos del Conservatorio. Pude detenerme por casi una hora y contemplar impresionado lo que estaba aconteciendo. ¿Cuántos interrogantes y cuántos pensamientos sobre lo que aquello significaba volaron por mi cabeza?

Al cabo de unos minutos, y escuchando a los instrumentistas que iban interviniendo improvisando como solistas, pude darme cuenta de la diferencia de nivel de cada una de las partes. Evidentemente, los jovencitos del Norte estudian su instrumento como una asignatura más dentro de su currículo, los nuestros cursan el nivel medio de música. Sin embargo, el clima de fraternidad era tal que no se podía percibir ningún aire de superioridad en estos últimos, ni complejo de inferioridad alguno en los primeros. ¡Qué maravilla!

Las partituras de los arreglos musicales que iban interpretando bajo la dirección, alternativamente, del profesor Víctor Vargas, del Conservatorio, y de dos directores norteamericanos, habían sido intercambiadas semanas antes para irse preparando al tope: Do you know what mean to Miss. New Orleans?; Sing, sing, sing; Big Chief, Mooche,... venidos de allá y los nuestros: Midley Oriente, Libación y Sandu,... con nuestros ritmos contagiosos en espléndidas versiones del maestro santiaguero Ernesto Burgos. El ambiente era tal en ese primer ensayo que, espontáneamente, dos estadounidenses emocionados soltaron sus respectivos instrumentos y empezaron a bailar con entusiasmo, con pasos de break dance incluidos.

Coincidí allí con un viejo amigo, condiscípulo mío en la cátedra de guitarra. Nos mirábamos y comentábamos: ¿quién nos hubiera podido decir hace medio siglo, cuando transitábamos y participábamos en conciertos de alumnos en aquella acogedora sala, que íbamos a presenciar ese espectáculo tan significativo y esperanzador?

El encuentro, que fue denominado “Mutación forzada: Canto a la Paz”, tuvo como principal patrocinador en Cuba a la Fundación Caguayo, que dirige el artista de la plástica Alberto Lescay. Algunos de los visitantes participaron también en talleres de gráfica y cerámica.

El día de descanso llegaron hasta el Santuario del Cobre, norteamericanos y cubanos, y presentaron sus ofrendas florales ante la Virgen.

La clausura del evento, un hermosísimo concierto, tuvo como emblemático escenario el Parque Céspedes, y estuvo precedida por un desfile de los participantes, desde la Plaza de Marte, que encabezó la popular conga de Los Hoyos.

Después de escuchar dos conciertos en Méjico, en 1875, del célebre violinista cubano José White, nuestro Apóstol escribió en una crónica para la Revista Universal: “La música es el hombre escapado de sí mismo: es el ansia de lo ilímite surgido de lo limitado y de lo estrecho: es la armonía necesaria, anuncio de la armonía constante y venidera”. Y más tarde, en 1884 en La Nación, de Buenos Aires, escribió: “…la música de las bandas es como un hada invisible: en las ciudades invita a la alegría, al perdón, al movimiento…”

¿Acaso lo que aconteció en nuestra ciudad cinco veces centenaria, esos días de intercambio musical armónico y fraterno, no constituye una constatación viva de la veracidad de esas palabras de Martí?

En un bello gesto de generosidad los muchachos de New Orleans donaron sus instrumentos a nuestro Conservatorio.

Es la hora de ir borrando las huellas de viejos y nefastos encontronazos y resentimientos estériles. En la necesidad de “tender puentes y derribar muros” insistió al papa Francisco en su visita a Cuba, en especial en la misa en el Santuario del Cobre. A las nuevas generaciones, “niños y jóvenes, que son la fuerza de un pueblo”, como recordó también el Santo Padre Francisco al despedirse desde el atrio de nuestra Catedral, frente al Parque Céspedes, corresponde seguir forjando estos nuevos tiempos, ese futuro que reconciliadoras y pacificadoras experiencias como ésta permiten adelantar.

Demos gracias a la música.